Por sugerencia de Raquel, y con el ánimo de democratizar y compartir lo que fue la presentación de HOMBRECITOS IMPROVISADOS DE APURO, compartimos los discursos que dieron alguna de las autoras de los cuentos que componen la obra realizada presentada el septiembre pasado, en la Escuela Psicoanalítica Freudiana de Bs. As.

Discursos extraídos desde y por cortesía de http://lissardigrynbaum.blogspot.com/ 

A continuación el DISCURSO de LUCÍA DE LEONE

Al menos desde Amalia de José Mármol, por situar algún origen posible y convencional, el cruce a Uruguay, sitio de refugio en épocas rosistas de los escritores románticos, se convierte en un punto de referencia y una línea de potencia en la literatura argentina. ¿Qué mejor muestra que Los cautivos de Martín Kohan? Y es la más de las veces que el cruce se da en esa dirección porteño-céntrica: de Buenos Aires a Colonia, a Montevideo, a algún balneario, o hacia una zona de frontera oeste en la que sólo con atravesar una calle se dispone una topografía de cambio de nación donde se puede estar mejor o a salvo.

Siguiendo parte del periplo de este cruce que Kohan traza para los siglos XX y XXI,  Ricardo Piglia con Plata Quemada (1997), Matilde Sánchez en El Dock (1993), Pedro Mairal en La Uruguaya hicieron uso de ese atravesamiento, en barco o sobre ruedas, para dar curso a una fábula de viaje: como vía de escape y sitio para el dinero, como lugar ameno al que se llega sin documentos para construir lazos afectivos en una familia  que se impuso al deseo de formarla, como zona liberada donde comprar dólares en épocas del cepo y visitar también a la amante del otro lado del río, respectivamente. También el cine, y pienso en esta oportunidad en El amor primera parte (Santiago Mitre, 2005), ha dado escenas de ese tránsito fluvial, en la cubierta del Buquebus, para contar una historia de encuentros y desencuentros pasionales entre un varón y una mujer, durante  el regreso de alguna playa que resulta  una alternativa superior a las de la costa Atlántica. Es innegable cómo marcaron nuestro imaginario las postales uruguayas, las positivas -el punto de partida de los exiliados de la última dictadura militar, la Suiza del Cono Sur donde priman los valores de serenidad, republicanismo, anticonsumismo (Chejfec) y hospitalidad  incluso con el porteño soberbio y acelerado en viveza criolla-, y menos positivas como ser la miniaturización de la Argentina (Aira), la banda del oeste, el doble rezagado de Buenos Aires donde no hay subtes, la vida pareciera transcurrir en cámara lenta o en blanco y negro, y la melancolía y el mate por la calle calan hasta los huesos de quien mira extrañado. Imposible no volver de cualquier temporada en Uruguay al cántico del “ta ta”, “a sus órdenes”, “hay pila”, “pase bien” y demás modismos que nos fascinan y repetimos seguramente con menos gracia.

Las imaginaciones territoriales, que no coinciden la mayoría de las veces con los  mapas logotipo y  las cartografías oficiales, dan cuenta, incluso mucho antes de los tiempos globales y cibernéticos, de cuán parecidos somos los porteños y las porteñas a quienes están  allende al río. Espejismos o trampas al ojo con que se empecinan los mapas. Lo mismo ocurriría entre los habitantes de Cuyo y Chile, o los norteños con Bolivia o Perú. La Patagonia pareciera quedar al margen, en primera instancia, de estas comparaciones fáciles, aunque es conocido que los pobladores de Bahía Blanca se sienten, pese a esa geografía de planicies y casa bajas que no da coto, o mejor no da tregua, a la visión viciada del recién llegado, más cerca de los vientos del sur que de la llanura pampeana.

Con esto quiero remarcar cómo a las fronteras políticas les dan batalla otras fronteras más poderosas, como son las afectivas. No ya en términos de espacio de transición y suspensión (como pensó con lucidez Martín Kohan al cruce del charco), ni como la amalgama espacial donde Juan Carlos Onetti funda la ciudad sin asidero geodésico de las dos orillas, ni siquiera como paso intermedio u obligado como pudo ser en algún momento la célebre Isla Martín García, el libro que hoy presentamos abre una zona fluida entre las aguas más anchas del mundo para que ocurra un tráfico de ficciones entre mujeres que se unen, incluso sin conocerse, para hacer literatura. Me gusta pensar para este caso en la idea de tráfico y no de un mero cruce, porque me resulta no sólo menos direccionada de un punto a otro sino que me alienta a imaginar una organización femenina más allá de las fronteras de intercambio de pensamientos y convicciones mediante el arte. Ante todo, si el encuentro de hoy es una cita a ciegas que nos ofrece la literatura entre uruguayas y argentinas: no nos conocíamos, no nos habíamos visto la cara, no nos habíamos casi leído.

Hombrecitos improvisados de apuro (2019) reúne, entonces, en un libro hecho a medida 29 relatos inéditos o escritos para la ocasión de cuentistas argentinas y uruguayas actuales que se despachan sobre los vínculos eróticos y amorosos entre varones y mujeres en tiempos de contradicciones e incomodidades para varones pero también para mujeres. En diálogo y en pugna con la tradición de mujeres decimonónicas que trazaron redes literarias y afectivas –como el caso de Juana Manuela Gorriti con Perú por citar un exponente- propongo pensar este volumen como una forma actual de las antiguas veladas literarias en las que primó una cultura del trato y el intercambio cultural. Las formas de la sociabilidad femenina que promueve esta iniciativa protegen la oralidad en la pervivencia de la palabra escrita, y el escenario para hacer una política de la literatura trasciende los límites de la casa propia transformada en salón y se hace pública, con todos los riegos implicados en el gesto, primero en las redes, sólo después en las páginas de un libro y gracias a una editorial “de varones”, como es Muerde Muertos, que puso todo lo que ponen las editoriales serias para que un libro se haga libro.

Lejos de resultar un ejercicio cosmético de inclusión (de escritoras, de temáticas “femeninas”) y lejos también de conformar un contra canon anti patriarcal -operaciones importantes ambas que ya cuentan con antecedentes y que hoy ya no nos alcanzan- el volumen ideado por Ana Grynbaum se abre lugar y así contribuye en el armado de una tradición rioplatense, femenina y militante, que carece de pretensiones separatistas o premisas revanchistas contra el varón. De hecho el prefacio funciona como un manifiesto de voces colectivas (gran enseñanza que dejaron las fervorosas vanguardias históricas)  que dejan por sentado el concepto feminista del volumen. No se trata de un denuncialismo pueril, fácil ni ocioso (¡qué cansancio!), sino de un programa estético político que aporta claridad y certeza incluso en la incerteza con la que nos topamos a diario. Ese programa apuesta, entonces,  por una recolocación de las escritoras rioplatenses (“esta vez estoy entre autoras por mi propia elección” nos avisa la editora que es autora), por la impugnación de la creencia en una escritura diferencial  (y así esencialista) de una mujer (estigma sobre el que lucharon Victoria Ocampo, Sara Gallardo y hoy las chicas de este volumen), por la abolición del uso del lenguaje inclusivo (que tanto debate viene a traer hoy sobre los modos de enseñar la morfología desde las escuelas y que nos pone en alerta sobre el hecho de cómo los usos terminarán o no superando a las normas), y por la puesta en duda, al menos, de conceptos controversiales por gastados y que confunden: uno es el de  “deconstrucción masculina” para el que se encuentra un sustituto humorístico (pero no burlón) derivado de las lecturas de infancia y adultez de la editora que es el de “hombrecitos improvisados de apuro”. Y, otro, el de “empoderamiento femenino” que reproduce fórmulas existentes que no llevan a buen puerto (como sería tener el poder) en vez de alentar la producción de discursos nuevos por propios y desobedientes. Esa crítica se ajusta al pedido que la antropóloga argentina Rita Segato le hace a los feminismos hoy: seamos muchos más inteligentes y justas, no construyamos a los varones como nuestros enemigos naturales pues el monstruo verdadero es el orden patriarcal; que no sea la mujer del presente y del futuro ese varón atravesado por el machismo que ya estamos dejando atrás.

Aun cuando nos encontremos en un momento de privilegio, con las calles reapropiadas, con las modificaciones en las relaciones vinculares que trajo la “revolución de las hijas” (en la votación en el Senado por la legalización del aborto la ex presidenta así lo enunciaba), con el ímpetu imparable de la demanda organizada y con conquistas ganadas que han cambiado para siempre los dispositivos de percepción y acción, no es para nada fácil vivir  (y escribir, leer, formar pareja, habitar los espacios y los cuerpos) cerca de la revolución (sabemos, cómo no, que las revoluciones son  tan fervorosas como incompletas, tan colectivas como desparejas, tan exuberantes como desprolijas). Las formas cada vez más radicalizadas de la revuelta feminista nos punzan a cada momento para no pisar el freno nunca más pero a la vez nos descolocan y nos dejan (pienso más que nada en las mujeres de mi franja etaria y no en las jóvenes que vienen menos viciadas) dubitativas o al descubierto, repitiendo conductas, gestos, quehaceres (como la protagonista del cuento de Leticia Martín que termina lavando los platos incluso después de que un familiar en una reunión le dijera como cierre de una discusión “Chupame la pija”), o añorando algunas formas (sólo algunas) del coqueteo y la seducción entre mujeres y varones.

Sería injusto detenerme en unas autoras y en otras no, en unos relatos y en otros no, como sería indecoroso spoilear las historias para quienes quizá hoy se encuentran por vez primera con este libro y quieran leerlo a su modo,  por eso decidí  esta presentación más general. Lo que sí subrayo es que este libro nos enfrenta, sin dejar de lado el humor (rasgo distintivo de este volumen), a los efectos más desmedidos del patriarcado, como son los que se dan a  nivel de la vida cotidiana, del malestar del día a día, de la broma pesada o la expresión de cancha -¿la estupidez?- que nos tajea sin piedad pero que pasa por chistecito del código familiar o amistoso, y vos que… siempre sos una exagerada, que no tenés humor, que te enojás por todo, que no hay pija que tenga bien, que, hormonal, sos sensible al mango, que ¿quién te crees…  Jo de Mujercitas o, como una vez me dijeron a mí por mi faceta discutidora, ¡no sos Milagro Sala, eh!

Si ya logramos imponer el grito de las mujeres -que fue asociado con estados de chillonería, locura, histeria, aniñamiento y aturdimiento según las lógicas de un orden heteropatriarcal expulsivo y excluyente (Alfonsina fue la loba y la comadrita chillona, Salvadora fue la descentrada, Norah fue la nena, Victoria la cipaya, Silvina “la menor”, Sara “la rara”)- hoy la autocrítica constructiva de muchas mujeres antes que la deconstrucción, el humor y el señalamiento de todos los malestares que a las mujeres nos produjo la estupidez patriarcal antes que el empoderamiento inundan  las letras. Si la legalización del aborto seguro y gratuito necesita de una política de estado que esté a la altura para que el aullido no quede en las calles, nos vemos también en la urgencia de  desarrollar más políticas de la literatura como las que operan en Hombrecitos… para que el cruce, el intercambio o el tráfico de relatos de mujeres organizadas y unidas por la imaginación y la creatividad se expanda más allá de este libro y de las aguas del Plata.

DISCURSO de INGRID SARCHMAN

Les tengo que confesar una cosa, cuando escribo después siento que estoy muy pegada al texto y me cuesta leer como leyó ella, con cierta gracia, por lo cual he decidido que voy a hablar. Y tengo todo en la cabeza, porque también me pasa que cuando me armo esquemas termino dando clases. Y vengo de dar muchas horas de clase hoy, entonces he decidido que esta presentación, en vez de ser un lugar donde yo venga a explicarles algo, sea una fiesta.

En realidad las presentaciones de los libros, especialmente en los últimos tiempos son fiestas, especialmente cuando son objetos tan lindos. Casualmente ayer fui a presentar una revista, y pensábamos eso, que las presentaciones de lo que sea en papel en estos momentos deben ser celebradas como fiestas. Entonces, primero festejemos. Formar parte de esta presentación me lo voy a tomar como eso.

Por otro lado pensaba cuál es el objetivo de las presentaciones. Se supone que convocan a gente que puede hablar de eso que se presenta. Uno de los objetivos es que les podamos explicar por qué tienen que comprar o leer eso que está siendo publicado. Y entonces pensé como había sido mi propia convocatoria. En realidad me convocó Julia (Narcy) con un mensaje que me llamó un poco la atención, porque me explicó un poco de qué se trataba el libro y me dijo vos sos la indicada. (Risas) No sé si lo hizo para que no le dijera que no, pero me dio curiosidad. Con Julia no nos conocemos demasiado.

Finalmente le dije que sí sin saber precisamente de qué se trataba porque no tenía el libro. El libro llegó a mis manos y me puse a leer a ver por qué yo era la indicada. Con lo primero que me encontré, el prólogo, era la explicación de Ana (Grynbaum) de por qué había decidido armar esta compilación. Tengo que confesar que cuando empiezo a leer dije uh, en lo que me metí. Con Julia hemos discutido muchas veces con respecto a la idea de una literatura de mujeres, o escrita por mujeres, en esta idea de que nos agrupamos porque somos mujeres.

Personalmente soy muy crítica con respecto de la idea feminista del empoderamiento, ahora nos toca a nosotras. Eso no quiere decir que no pueda celebrar la posibilidad de hablar de ciertos temas, pero tiendo a ponerme en contra de aquello que solemos repetir.

En el 2015, cuando surge el #niunamenos -yo en general trabajo con análisis de redes sociales- empiezo a ver cómo va reproduciéndose masivamente y pierde su contenido político. Decir eso en el 2015, 2016… Incluso en mis respuestas al cuestionario de Leticia (Martin), que es otra de las autoras, para su compilación llamada Feminismos, yo puse eso. Cuando se habla mucho de determinadas cosas termina construyéndose un discurso vacío.

Cuando seguí leyendo el prólogo me di cuenta que estaba mucho más de acuerdo que en desacuerdo. ¿Qué significaba y por qué había surgido el título? Este título que necesita de cierta explicación contextual. La idea de los hombrecitos remite a la enfermedad de Schreber, alucinar esta especie de enanitos. En Schreber cumplen la función de fomentar su paranoia pero también podemos pensar en la idea de un enano fascista. O esta especie de pajarito que nos está diciendo… No sé si recuerdan esa publicidad en la que un pajarito tocaba la cabeza de una chica diciéndole: Tenés 30 años, te tenés que casar, tenés que tener hijos,…

La figura del hombrecito es como eso molesto que está insistiendo ahí pero ¿qué está marcando esa especie de molestia chiquita que insiste en nuestra subjetividad -femenina, masculina o lo que fuera…?

La otra cuestión fue esta idea de la improvisación. ¿Qué supone hacer las cosas improvisadas y de apuro? Esta idea forma parte de cierta lógica según la cual tendemos a movernos en nuestras sociedades hiperconectadas, donde es necesario construir esas imágenes contra las que pelearse.

Estos discursos de empoderamiento -por suerte Ana dice que no le gusta la palabra empoderamiento- tienden a que rápidamente busquemos un enemigo. Yo dije, ¡Uy, el hombrecito es el enemigo y los cuentos van a hablar de enemigos! Van a mostrar cómo todas nuestras configuraciones se sostienen en la idea de enemigos. Estos pequeños enemigos que hacen que no podamos crecer en nuestros trabajos, no podamos finalmente casarnos, tener hijos. El hombrecito como aquel que no permita que seamos felices. Esta idea de que es necesario echar la culpa afuera.

La tercera cuestión que me parece interesante es que a medida que va avanzando el prólogo nos va diciendo: El libro no es esto ni esto ni esto. La intención no es pensar una literatura femenina ni feminista, sino simplemente convocar a mujeres que puedan dar cuenta de la estupidez, unisex -también en los cuentos. Me pareció interesante delimitar, vamos a hablar de la estupidez masculina en este grupo. Este grupo se formó adhoc y vamos a ver qué pasa.

Eso es lo que tiene que ver con la introducción, pero tengo que venderles el libro. La buena noticia es cuando empiezo a leer los cuentos, suponiendo que iba a leer sobre estupidez masculina, sobre la molestia del hombrecito, me encontré con algo saludable: la locura. Que no es ni femenina ni masculina, es unisex.

No son cuentos de mujeres en los que la estupidez esté colocada en el otro género. Los diferentes relatos dan cuenta de la propia locura. Esa locura, esa manera de relacionarse con el mundo genera ciertos vínculos. Saludablemente en ningún cuento aparece la culpa afuera o mejor dicho la responsabilidad. La responsabilidad forma parte de los vínculos.

En la mayoría de los cuentos no hay responsabilidad por parte de él, que no nos deja el mensaje; que pasamos una noche hermosa, nos dijo que nos ama y que quiere tener hijos con nosotros y al día siguiente no nos llamó.

Si la idea era venderles el libro, creo que con lo que se van a encontrar es con una escritura vital, que juega, está como en el borde de la locura. Hay cuerpos que sangran. Hay abusos, psíquicos, físicos. Hay vida en los cuentos. No hay nada de corrección política, ni del hashtag, ni de la reproducción. Así que los y las invito a leer.

DISCURSO de DANIELA DORFMAN

Yo, como el formato de presentación del libro, como ven, es bastante flexible, hice una cosa intermedia entre ellas dos. Me hice un esquema. Y después me olvide que me iba a poner las lentes de contacto, y ahora no puedo leer nada. Lo mío va a ser mitad leer y mitad inventar en el momento.

Otra cosa es que les voy a spoilear un montón, lo siento -a los estudiantes les hago lo mismo, ¡me aman mucho! Voy a evitar revelaciones de finales, pero tengo un montón de citas para compartir con ustedes.

Primero le quiero agradecer a Ana por la invitación y felicitarla por la idea, que me encantó. Ella dice en su prefacio que el poder se toma, y me parece que juntar a 32 mujeres por sobre un río es como mínimo un buen comienzo.

Les voy a contar un poquito lo que me paso a mí con la lectura. Mi lectura de Hombrecitos… empezó con dos asociaciones y un equívoco. El equívoco fue que dije ¡Ay, escritura lúdica, satírica, desde el humor! Me voy a cagar de risa. No, más bien sufrí bastante, no voy a decir que lloré pero…

La primera asociación fue cuando leí en el Prefacio de Ana que ella empezó a experimentar el machismo con la publicación de sus libros. Ahí me acordé de una anécdota, que leí hace más de un mes.

Una escritora norteamericana, Rebecca Solnit, cuenta en Los hombres me explican cosas, que la invitan un día a una fiesta. Ella fue con una amiga. Cuando se están por ir un hombre la detiene: Me dijeron que escribiste una par de libros. Acá en Argentina un par puede ser 3, 4, 1. En Estados Unidos un par es 2. Entonces ella, que había publicado por entonces siete libros, ahora tiene quince, dice: Bueno, tengo unos cuantos, en realidad. Entonces el señor le pregunta: ¿Sobre qué son? Ella le empieza a contar sobre el último. Le dice el título del libro, que parte de la historia de un fotógrafo pero es una investigación sobre la industrialización, y estudia cómo cambia nuestra vivencia del tiempo y el espacio en la vida cotidiana. Cuando dice eso el señor la interrumpe: ¡Ah! ¿Conocés el muy importante libro que salió este año…? Le dice el mismo título del libro de ella.

Ella dice que se quedó tan atrapada en ese rol de ingenua que le estaban asignando que le pareció posible que hubiera salido un libro sobre el mismo tema, el mismo año, y que ella no se hubiera enterado y él sí.

El señor le empieza a contar el libro. ¡Es el de ella! Su amiga interrumpe al señor diciéndole: ¡Ese es el libro de ella! Pero el señor le dice: No, no. Este es un libro muy importante que salió reseñado en el New York Times. Entonces ella reflexionó sobre cómo hizo falta decirle 3, 4 veces: ¡Es mi libro! ¡Yo soy la autora del libro que me estás explicando! para que el señor no sé si lo entendiera, pero al menos dejara de insistir. Ella dice: Le estábamos desordenando tanto las categorías de su mundo que fue muy difícil para él ver lo que le estábamos diciendo. Entonces, con esta idea empecé yo a leer Hombrecitos…, pensando: Me voy a encontrar con este tipo de situaciones.

No es lo más interesante respecto del libro tipologizar los cuentos, ni meterlos en estructuras, pero me importa rescatar algunas recurrencias, cosas que se repiten insistentemente. Toda la primera mitad del libro funciona con una abrumadora cantidad de violencia, después cambia. No me reí no porque no sea divertido sino porque fue fuerte. Especialmente violencia sexual, en un libro que se presenta como satírico-humorístico. La insistencia de esta sexualización, demandas sexuales, expectativas sexuales, especialmente en ámbitos familiares, afectivos, considerados tradicionalmente como seguros.

Voy a empezar a spoilear. Dice: “Terminó metiéndome desnuda en su cama. Yo me dejaba hacer, pero no lo tocaba. (…) Me deshumanizaba. (…) Siempre me decía que esta vez iba a decirle que no, pero me engañaba (…) me hacía la tonta conmigo, me dejaba emborrachar para que después fuera más fácil”. O “Ella cede su cuerpo a ese espectáculo unipersonal”. “¿Registrás algo más allá de vos? (…) ¿Cómo no te das cuenta de que te estás cogiendo a un cadáver?”.

Con el paso de este tipo de situaciones, que son muchas a lo largo del libro, me vino la segunda asociación, con el libro de Bolaño 2666, como de 1.200 páginas. Yo les digo a mis estudiantes que como me dedico a la literatura no tengo mucho tiempo de leer. Ellos se ríen, pero es verdad. Como era tan largo me resigné a hacer una lectura desordenada y lo empecé a leer en las vacaciones, hasta que llegué al capítulo de los crímenes. Como yo trabajo derecho y literatura mis amigos venían diciéndome leete la parte de los crímenes. Cuando llego ahí y veo que me faltan 10 días para empezar a enseñar otra vez y no voy a llegar a leer las 355 páginas de ese capítulo. Empiezo a leer, paso 3 páginas y es un femicidio atrás de otro, un rosario de femicidios. No hay historia alrededor. La descripción de uno, la descripción de otro. Lo llamo a mi amigo y le digo Decime que no son 355 páginas de esto. Pensé que me iba a aburrir. Mi amigo me dijo: Si querés te miento. Entonces me leí las 355 páginas. Lo que va pasando es que opera un mecanismo de acumulación que va haciendo que cambie por completo el significado de lo que estamos leyendo. Aunque son todos casos cada vez se pone más pesado y más difícil de creer, más indignante.

Una eficacia de «Hombrecitos…» me parece es la capacidad que tiene de generar ese mismo tipo de hastío y de sensación de inaceptabilidad. De que no es aceptable que eso esté ocurriendo. Nos permite visualizar la escala. La variedad de los textos es en todos los sentidos: distintas situaciones, edades, relaciones. Y en todos lados empezamos a encontrar lo mismo. Produce esta sensación de hastío que me parece saludable para actuar sobre eso.

Y también hay una serie de conflictos, de motivos y de tonos que se empiezan a repetir y que nos obligan a ver que no estamos hablando de excepciones, de interpretaciones subjetivas de eso que una de las autoras llama la “histeria paranoica en que tantos hombres ubican a las mujeres para desentenderse” sino de todo un imaginario, de modelos de relaciones que están funcionando detrás de todos estos distintos vínculos.

Me parece que eso se ve muy bien en el caso de las valientes que se atrevieron a asumir el lugar de enunciación masculino. Hay unas cuantas que trataron de ponerse en la cabeza de estos hombres, en el discurso, en el posicionamiento que los lleva a decir cosas como “Nunca son demasiado chicas, ya nacen queriendo.” O al mirar a su propia hija decir: “Lali, te salieron tetas, meloncitos duros como los de tu mamá”. O meterse en la cabeza de hombres que son guiados y gobernados por su pene. O que escriben cartas a las mujeres que les gustan explicándole qué aunque ellas no se den cuenta los quieren.

Esta total desestimación y desinterés por el otro, esta imposición de los deseos sobre el otro, encuentra su expresión en la frase que abre uno de los cuentos, que me pareció un hallazgo: “Me mandaron a hacer algo que me gusta”. Me pareció interesante porque ese “algo que me gusta” uno podría pensar que sería un atenuante, funciona como un agravante. Porque cuando me mandás a hacer lo que a mí me gusta, lo que yo haría por gusto, me estás robando hasta eso. Todo se transforma en hacer las cosas para otro por una orden que viene de afuera.

Voy a leerles un poquito: “Tampoco creo que mandar a una mujer a chupar pijas sea un insulto tan grave a esta altura de la historia. (…) Me resulta mucho peor que me manden a lavar los platos, por ejemplo. Porque esa sí es una tarea servil (…) Me mandó a chuparle la pija. Y yo (…) llevé los platos a la cocina y me puse a lavarlos”.

Esta especie de pequeña rebeldía, le parece peor que la manden a lavar los platos pero eso es lo que va a hacer porque es lo que no le mandaron hacer. Empiezan a aparecer estos relatos donde aparece la recuperación de la agencia femenina. De las mujeres que retoman y reconquistan ese poder, esa autonomía, y se van en medio de una discusión y dejan las papas en el horno o se van con la moto del otro a andar por la autopista. O, las más atrevidas y las más radicales, que invierten el juego y defraudan ahora ella las expectativas y los deseos de ese otro.

Para terminar me pregunto cuál es la política de este libro, que es satírico pero no es gracioso, y qué puede hacer la literatura por esa política. De qué manera es la literatura un dispositivo útil a la hora de leer y de modificar estos vínculos que 32 mujeres de 2 países sintieron el deseo o la necesidad, seguramente el gusto, de satirizar.

Quizá esa satirización del otro sea ya una toma de poder, una instancia de recuperación de cierta agencia. Queda entonces por pensar qué hacer con eso.

También voy a traer a Rita Segato, que en su discurso en la Feria del Libro elogió las virtudes de la desobediencia, el desvío, como aquello que hace historia y llamó a revisar los chips que nos programan y elegir cuáles descartar. Lo que propone es una politicidad femenina no principista sino pragmática, dirigida al aquí y ahora. Y para eso, dice, tiene que ser pluralista. La meta es un mundo radicalmente plural, alcanzable por la vincularidad, un proyecto de comunidad.

Ella caracteriza nuestro feminismo, hablando de Latinoamérica, lo diferencia del francés y del norteamericano, por una particularidad del feminismo latinoamericano: pertenece a un mundo donde la vincularidad es vital. Es un feminismo que le habla a un nosotros y a un nosotras, porque le habla a la sociedad toda.

Este libro que pone la lupa sobre los vínculos, las dinámicas de poder, los mandatos de la masculinidad, funciona como un distanciamiento. Uno de los cuentos dice: “Ahora se contempla a sí misma en la escena, inmersa en esa meta-realidad analítica, registra los acontecimientos como a través de una cámara. Ve una Paula con gesto cansado de asumir esa práctica tan poco masculina de explicitar el conflicto.”

Lo que hace este libro es distanciar la cámara, explicitar y experimentar con ese conflicto, con estos vínculos, que necesitamos modificar para conservar. Y da así el puntapié inicial de los cambios de estas violencias que, como dice Ana en su prefacio, son relegadas de la agenda de lo urgente pero que engendran una insatisfacción con la que ojalá sepamos producir una buena política.