HAY  UN  LOBO  MUERTO  EN  MI ORILLA

Crónica  de una presentación.-  2015

Habían anunciado días fríos,  los más fríos del año. Insólito, era una maldita confabulación.

Hacía apenas una semana que  moríamos de calor y andábamos de remera con apenas un  chalequito por las noches, prendiendo el aire acondicionado, abriendo las ventanas.¿ Era necesario tanto frío justo el día de la presentación?

Empezaron a caer llamadas, mensajes, mails: era gente disculpándose. La gripe había invadido la ciudad. ¿Dios, qué haces, no podías haber esperado un par de días más? Cómo puedo creer en ti si me haces maldades? ¿Crees que conmigo debes utilizar el modelo  Job para  probarme? No hagas eso, nunca creí demasiado en ti y  si pretendes crearme la fe de la que carezco, deberías hacer exactamente lo contrario: allanarme la vida, quitarme los obstáculos que no cesas de interponerme,  dejar de hacerme perder el tiempo con cuestiones sin interés, y que todo me vaya bien para poder decir con satisfacción en el alma y gran sonrisa: “Dios me ama”!

La gente se despedía,  lamentaba no poder participar y yo dudaba, qué sé yo, ¿tanta gente enferma? Sí,  el frío, pero seguramente la pereza tuvo su momento de gloria, era mejor quedarse en casa. Sin duda, asumo que es un pensamiento infame, debe ser mi falta de fe, pero me invadía el disgusto. La mitad había prometido venir y caìa esa mañana. La otra mitad de disidentes era nueva.   Ni mis hijos ni mis nietos se sostuvieron en pie. ¿Acaso eso no lo dice todo?. Nadie me quiere, ni mi familia.

Todo suma, en especial los malos pensamientos. Cuando presenté esta segunda versión en el Lawn Tennis hacía dos meses, se había llenado el teatro. Cuánta gente más puede uno convocar? Esta vez,  el director de cultura de la NCI dijo en primera instancia que vendrían 100 personas. Cuando volví a preguntar la cifras para acompañar la copa que quería ofrecer, con algunos bocados,  me dijo que suponía que 70 personas vendrían. Y antes de que yo reaccionara, agregó, dejándome a esa altura los pelos de punta: -¡Y cuento con los tuyos!!!

Ey,  los míos ya me habían acompañado, no podía volver a invitarlos! Me veía un plomo demandante, obligando a los amigos a un deja vu insoportable. Los veía con los ojos desorbitados  rogándome que no les gustaba la sopa y yo sosteniéndoles la cabeza dentro del plato, obligándoles a comer dos platos. Y encima veìa de soslayo, la mirada despectiva de Mafalda.

Nadie. 45´antes de comenzar, daba vueltas por el salón el maestro de música, Mónica nerviosa ensayando su canto, mi secretaria acomodando los libros, la señora de la cocina pidiendo una bandejita para llevarse,  alguna gente que había llegado temprano, los actores cambiando de sillas nerviosamente y un amigo que para alentarme me decía: -Uy, me parece que no viene nadie!!

A esa altura confieso que había renunciado a la gloria. Pensé que ya estaba todo jugado, viniera o no la gente. Y si llegaba un puñadito de concurrentes, apenas, pues para ellos iba a poner lo mejor de mí. Lo mejor de mí significa sentir el placer de llevar a cabo lo planificado  y compartirlo,  de manera distendida y nada formal. Era lo mismo que crear ese clima de “entre amigos”  que me gusta, moverme  como si tuviera visitas  en casa y que en seguida  la buena onda recorra el salón y  contagie a todo el mundo.

Y así fue, a tal punto fue así que luego de iniciar la velada con música, luego de hacer escuchar la composición que Alejando Frankel me mandaba desde Barcelona (mientras yo contaba la historia de su creación que primero se llamó “Hay un lobo muerto en mi orilla” y luego cambió a “Lobo con olas”),  le pasé la palabra a David Telias que es un director de la NCI. Me sorprendió  que mientras saludaba y daba la bienvenida,  dijo que había dejado de lado la formalidad que traía  al ver el clima que se había generado.  Vaya pensé,  qué bueno que captó la distensión, recién empezábamos.

Al final olvidé mi primera preocupación.  Empezó a caer gente. En realidad no sé de donde salía tanta. Me intriga saber si tengo esa capacidad de convocatoria como escuché decir.  Algunos conocidos llegaron con acompañantes,  yo no podía conocerlos a todos. Pero hubo un par de sorpresas. Un señor me dijo

–         No te conozco pero tengo una amiga en Israel que me mandó venir y dijo que no me perdiera la presentación de tu libro – y nombró alguien que yo nunca identifiqué.

Tampoco la referencia de otro oyente que me entregaba muy calurosos saludos de alguien a quien yo había supervisado su trabajo clìnico. Como vemos  la frontera entre lo conocido y lo desconocido tampoco se perfila muy definida.

La música,  las intervenciones breves de amigos de diferentes  disciplinas, fueron muy bien recibidas por lo breve y variable.  Las escenas de teatro también matizaron la velada y permitieron visualizar la figura terrible del patriarca que protagoniza el libro.

Hubo intervenciones de colegas y amigos que no estaban en el país y fueron leídas y compartidas con el público. 

Alguien pensó que se había equivocado de salón al entrar y verme conducir la velada con tal elegancia, eso dijo, que me había desconocido. Su voz sonaba a reproche como si yo debiera estar todos los días así, “producida” para presentaciones.  Si estuviese así diariamente, seguramente nadie me hubiera dicho que estaba tan elegante. Cada cosa en su lugar, verdad?

También me permití cantar la primera estrofa de Memory antes de pasarle el micrófono a Mónica, esta chica de la hermosísima voz. En fin, no me faltó hacer nada de lo que se me ocurrió. A esta edad uno pierde un poco la vergüenza y se anima a improvisar.  A esta altura de la vida la frase que se cruza a menudo es “Si no es ahora, cuando?”

Mencioné que dos de los amigos que hablaron de libro,  me hicieron recordar una anécdota; que luego se las contaría. Entonces el público insistió –seguramente fue una provocación mía-  que la relatara ahí mismo frente a todos.  Y finalmente eso hice.

Lo dicho, como si estuviera en casa charlando con amigos. Me sentí tan bien rodeada, acompañada con cariño, querida, respetada, aceptada, cálidamente abrazada que confieso que por momentos me sentía fuera de mí.  Ahora, reflexionando sobre mí misma siento que hacía mucho tiempo que estaba buscando ordenar mi interior para poder finalmente albergar esta gratificante sensación de estar bien conmigo misma. Y me parece que mi vieja y debilitada autoestima me sonríe con picardía y asiente finalmente como diciendo: -Si, es por ahí!! 

Seguramente en cualquier momento vuelvo a levantar dudas,  inseguridades,  soledades y todo vuelve a comenzar. Pero algo ha echado el ancla ahí en el fondo. Tendré que corroborar que ese lugar vuelve a aparecer,  a convocarme, a recordarme  que desde que lo encontré,  puedo hacerlo  mío.

 

Comentario escrito por Adriana Frechero

 El evento se iniciaba. La sala se había colmado de amigos y colegas. Todos hicimos silencio cuando la vimos tomar el micrófono. Ella inició el acto con un cálido agradecimiento por nuestra presencia allí y dio lugar a la joven que nos deleitaría con su canto.

De pronto la vi. Sola en el escenario, sosteniendo una presencia contundente como un sol estival del mediodía, radiante y orgulloso. Sentada con prestancia, animándose al lucimiento ¿por qué no? La vi hermosa, feliz, recorriéndonos con una sonrisa en los ojos, cual caricia regalada a cada uno.

Pensé hoy es una reina. Y me gustó verla tan reina y tan sola, allí sobre la tarima, con la otra silla vacía. Me gustó esa soledad que no es desamparo, que es un puro hacerse cargo de sí. Que es la soledad de la  potencia para crear, la misma que hace silencio para escuchar los susuros de las entrañas, los quejidos de las orillas, justó allí donde habita su lobo muerto. Entonces, mirarlo de frente, sin miedo, exponerlo y por fin,  hacer algo con él.